Mateo Alemán y los mineros de Almadén.

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Enero y febrero de 1593 son sin duda meses interesantes para el autor del Guzmán de Alfarache: nuestro contador de la Hacienda ha sido nombrado «juez visitador» con la especial comisión de investigar la situación en que se encuentran las minas de Almadén, arrendadas por la Corona a los riquísimos Fugger. En la localidad minera, Mateo «conoce dos mundos diferentes —que conviven o coinciden en el sombrío subsuelo de la mina o de los albores del capitalismo—: el mundo del banquero que ha arrendado la mina para su explotación y el mundo de los que trabajan en el pozo minero. Como primera providencia, Mateo Alemán, juez investido de plenos poderes, ordena que los administradores de la mina queden detenidos en sus respectivos domicilios… Los mineros son galeotes; se han acogido a una disposición presuntamente humanitaria de Felipe II, por la cual podían sustituir la condena al remo por los trabajos forzados en la extracción de metal. Mateo Alemán interroga, uno por uno, a los forzados. A través de las declaraciones, transcritas en los cientos de folios de que constan los legajos recientemente descubiertos por Germán Bleiberg, vamos conociendo los pormenores de la existencia, de una estremecedora dureza, de los condenados en la mina, las causas por las que sufren condena y no pocos detalles de la delincuencia y sus castigos en el siglo XVI (con un fraile agustino condenado a galeras o un poeta satírico que sufre una condena análoga)». Casi inútil parece ponderar la valía de la noticia: muy pocos años después, Mateo va a escribir la más genial deposición autobiográfica de un galeote.

(Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache. Edición de Francisco Rico. Barcelona: Planeta, 1999, pp. 923-924.)

Fuente:  para http://edaddeoro.blogspot.com.es